Hacia la séptima generación de izquierda

El legado de Lenin y su revisión: entrevista a Gustavo Bueno

Subimos aquí una entrevista realizada por El Pais, a Gustavo Bueno el 2 de mayo de 1978:
 
Pregunta. ¿Quedan aún sofistas en España?
 
 
Respuesta. Sí, desde luego, a veces por desgracia y a veces por fortuna. Porque hay sofistas como Dionosiodoro y hay sofistas como Protágoras. Lo peor es que nuestros sofistas españoles, incluso los que son de raza de Dionosiodoro, se quedan sólo en traductores de Dionosiodoro.
 
 
P. ¿Cómo valora usted la transformación del PCE de marxista-leninista en marxista revolucionario?
 
 
R. Me resulta prematuro opinar hasta que no se vea el curso efectivo que el PCE toma tras el IX Congreso. Dada la complejidad de los acontecimientos, dado que me parece que nadie sabe exactamente hacia dónde llevan las nuevas modificaciones -ni siquiera quienes las han propiciado, ni quienes las han acatado, porque la realidad del PCE desborda a la propia conciencia que de él tienen sus mismos militantes o disidentes-, me reservo hasta ver como se configura su sentido en los meses venideros. Lo que sí rne atrevo a decir es que el nivel teórico y filosófico de las formulaciones nuevas está subdesarrollado con respecto a lo que la realidad exige: determinados pontífices, generalmente «madrileños», de la teoría marxista son responsables directos de esta situación de subdesarrollo que puede ser verdaderamente grave para el futuro político del PCE y con él el del país. El PCE, por su naturaleza y su historia, es indisociable de esta necesidad teórica que otros partidos políticos quizá no necesiten tan vitalmente, y como no lo necesitan ni la tienen, ni se les echa de menos.
 
 
P. ¿Por qué cree que siendo usted el máximo defensor de la filosofia cadémica cada día despierta más interés y su influencia es mayor en el ámbito mundano?
 
 
R. Porque la Academia no es una entelequia que está por encima o por debajo del mundo: es una parte de nuestro mundo, un órgano de nuestra cultura y por tanto su propia actividad no puede menos de repercutir en su entorno, así como recíprocamente.
 
 
P. ¿Por qué se ha empeñado usted en ser un filósofo de provincias cuando es sabido que ha tenido ofertas para irse a Madrid?
 
R. Entre otras cosas porque el concepto de «provincias» es un concepto burocrático que se configura desde Madrid. Desde un Madrid que al ver lo que le rodea como provincias resulta situarse en la película más superficial de la conciencia política y cultural de nuestros días. Uno de los modos de ganar profundidad puede ser desprenderse de esa superficial «figura de la conciencia», internándose en una «provincia», sobre todo, si ésta es Asturias. Madrid es un término muy complejo, y allí hay de todo, por supuesto, pero la pedantería semiculta engendrada por el dominio de los medios nacionales de comunicación es característica y sólo en condiciones muy especiales alguien que vive en Madrid y se dedique a los «oficios intelectuales» puede librarse de ella.
 
 
P. ¿A qué se debe en su opinión el éxito de los llamados «nuevos filósofos»?
 
 
R. Esencialmente a que han tocado temas importantes e interesantes en su momento oportuno. Yo discrepo de sus posiciones -pero, también, de quienes pretenden explicar ese éxito como una «maniobra de la derecha», de la CIA, o de cosas parecidas-. Si los mecanismos capitalistas y la política de la derecha ha intervenido formalmente es precisamente porque previeron que había un ambiente preparado. Los «nuevos filósofos» han suscitado de nuevo la temática de la filosofía tradicional. Han atacado violentamente a Platón, pero con ello han demostrado a la vez que Platón necesita ser atacado, es decir, que está presente como referencia inexcusable para entender lo que ocurre en nuestro mundo.
 
 
P. ¿Qué es el «cierre categorial», tema de sus conferencias?
 
 
R. Con el nombre de «cierre categorial» designamos el proceso en virtud del cual las ciencias alcanzarían su condición de tales, es decir, se constituirían en sí mismas (en sus propios círculos) y se diferenciarían no solamente de otras formaciones no científicas (literarias, artísticas, teológicas), sino también mutuamente. En virtud de su cierre categorial, la geometría se diferencia de la teología o de la música, pero también de la termodinámica. La teoría del cierre categorial supone que las ciencias no son meramente el conocimiento (el reflejo) de una realidad previamente estructurada, dispuesta ya para ser conocida o registrada (descripcionismo, empirismo). También supone que las ciencias no son construcciones formales (de teorías o modelos) que luego hayan de ensayarse en la experiencia como prueba de que al menos «salvan los fenómenos» y no serán falsadas (formalismo, teoricismo popperiano, etcétera). La teoría del cierre categorial niega que las ciencias tengan un objeto determinado (la biología, la vida, la física, la materia...) o que no tengan ninguno (sino una masa o continuo amorfo recortado por los modelos formales). Las ciencias tienen campos, es decir, multiplicidades de términos enclasados en conjuntos diferentes. Según esto la biología no «trata» de la vida, sino de macromoléculas, de células, de órganos, y la geometría no es la «ciencia del espacio», sino la ciencia de las figuras de las razones dobles, de los senos y de los cosenos; la historia por último no trata del pasado, sino de los documentos o de las reliquias. La unidad de la ciencia no procede de su objeto previo, sino del proceso en virtud del cual los términos de un campo material componiéndose (mediante operaciones precisas) se agrupan mutuamente en cadenas cerradas (cerradas porque los términos resultantes de una composición se recomponen con los «factores» de un modo circular), contrayendo relaciones materiales que pueden alcanzar el rango de una identidad sintética. La verdad científica se localizaría según la teoría del cierre (y éste es uno de sus puntos más característicos) en el ámbito de la identidad. Con esto no quiere decirse que las ciencias se reduzcan al momento de la conexión idéntica: su malla es mucho más vasta y la vida de una ciencia contiene internamente incluso al error, pero los nudos por los cuales esta malla se mantiene son las verdades científicas entendidas por tanto no como una adecuación (o isomorfismo) entre modelos y materiales, sino como una relación de identidad sintética entre los propios términos materiales operatoriamente construidos en cursos diferentes.
 
 
P. ¿Tiene alguna relación su modo de ver las ciencias humanas con la vieja división neokantiana de ciencias y letras?
 
 
R. Las ciencias humanas es el nombre que ha tomado recientemente aquello que antaño se llamaban «las humanidades» y también «las letras». Las letras no eran ciencias, sino otra cosa. A consecuencia de la revolución científica industrial las ciencias (naturales y formales) crecieron seriamente y llegaron a convertirse en actividades básicas de nuestro modo de producción (la geometría en Grecia era más bien, cabe decir, superestructural). Esto estableció un abismo entre la cultura científica y la cultura literaria («humanística»). Las dos culturas de las que C. P. Snow ha hablado en una conferencia ya famosa. Snow se asombra, con razón, de la tendencia «monopolística» a considerar como hombres cultos (o intelectuales) -novelistas, poetas, periodistas, una definición «que no incluye a Rutheford ni a Eddinton, ni a Dirac ni a Adrián»- las «ciencias humanas» (el mismo Snow viene a reconocerlo en su Segundo enfoque). En cierto modo constituyen un puente entre los dos bordes del abismo, entre las dos culturas. Pero las ciencias humanas no pueden sin más acumularse al lado de las ciencias naturales como si se tratase de un todo homogéneo del cual unas y otras fuesen partes homogéneas. La expresión «ciencias humanas» se utiliza de un modo abusivo, mimético. Se llama ciencia a una investigación literaria que muy poco tiene que ver con las ciencias en el sentido clásico. Lo que es peor, se llaman ciencias (ciencias psicoanalíticas, ciencias políticas) a algo que es o pura mitología o puro empirismo o, en el mejor caso, prudencia acumulada. Y esto lo digo sin perjuicio de reconocer que la prudencia es tan importante como la misma ciencia. Precisamente la teoría del cierre categorial pretende estar en condiciones para aclarar muchos puntos acerca del «estatuto de las llamadas ciencias humanas.