Hacia la séptima generación de izquierda

Izquierda Hispánica ante el ecologismo

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            Desde varios ámbitos se ha preguntado a Izquierda Hispánica sobre su posicionamiento ante el ecologismo, el cambio climático, el animalismo y otras consideraciones tan de moda ahora, pero que hunden sus raíces en milenios de relación de las sociedades humanas y políticas con su entorno natural, una relación polémica pero inevitable que requiere una reflexión tanto filosófica como política, e incluso económica. La toma de partido que se nos pide es inevitable en una organización que, poco a poco, va creciendo y tomando cuerpo en la sociedad política española. Y esta toma de partido tiene que hacerse explícita, como es natural, para evitar así confusiones futuras y equívocos de toda índole.
 
1) Izquierda Hispánica no es antiecologista.
 
Primeramente hay que decir que Izquierda Hispánica no es una organización antiecologista, pues nadie en su sano juicio puede ser antiecologista. Nadie con dos dedos de frente puede querer maltratar animales, ensuciar los ríos y mares, o destruir los bosques. Pues si en la moral materialista es indispensable el cuidado y mantenimiento de la integridad de los cuerpos de los sujetos operatorios, de su salud y de su vida (el “yo soy mi cuerpo” de Espinosa), en esa conservación de los sujetos operatorios entra también la conservación de aquellas instituciones que permiten el cuidado del medio ambiente, un medio ambiente sin el cual los sujetos operatorios no podrían operar, ni podrían vivir de manera saludable. Además, los animales y los entornos naturales de la tierra se encuentran en el territorio de los Estados realmente existentes (unos 200 hoy día), y por lo tanto en la capa basal, correspondiendo ésta al territorio de los Estados, donde los sujetos operatorios trabajan y producen valor. Si Izquierda Hispánica está en contra del liberalismo económico es por su condición de “vendepatrias”, por vender o alquilar a potencias extranjeras parte o la totalidad de la capa basal de su Estado. En materia ecológica, el liberalismo resultaría contraproducente. Pensemos el ejemplo del Amazonas. Quienes más capacitados están para proteger el Amazonas son los Estados que comparten soberanía territorial sobre dicha selva y dicho río (Guyana, Surinam, Brasil, Venezuela, Colombia, Perú, Guayana Francesa –quizás el “caballo de Troya” imperialista sobre la selva, vía Francia-, Ecuador y Bolivia). Pues bien, el Amazonas no puede ser “patrimonio de la Humanidad”, un subterfugio liberal para que empresas tentáculo de Estados Unidos, Japón, China o la Unión Europea puedan explotar dichos territorios. El ecologismo vendepatrias liberal resulta antiecologista de facto porque, con la excusa de la protección del “medio ambiente”, lo que materializa es prolongar la subordinación colonial depredadora de Estados soberanos a potencias que consideran a los habitantes de esos Estados como “salvajes” e “insensibles”.
 
Luego Izquierda Hispánica cree que son los Estados, a través de instituciones concretas (desde fundaciones públicas y privadas, hasta Leyes, ministerios o concejalías a nivel administrativo, pasando por guardabosques, cercas para evitar el paso de furtivos a reservas naturales, &c.), los más capacitados para cuidar y proteger el medio ambiente de sus respectivos territorios, incluyendo también como parte de dicho territorio basal las aguas jurisdiccionales del Estado, las cuales también hay que mantener limpias y cuidarlas, evitando que los peces y otras especies marinas, de las cuales vivimos a nivel económico y biológico, vean peligrar su existencia. También sucede con los animales, sobre todo con las especies en vías de extinción: dichos animales en muchas ocasiones se encuentran en territorios pertenecientes a Estados pobres, “fallidos”, o todavía bajo una fuerte impronta colonial, mientras que también hay Estados imperialistas depredadores que, al mismo tiempo que mediante ONG’s o fundaciones privadas protegen a esas especies (WWF, Greenpeace, &c.), también promueven mediante otras instituciones privadas comerciales la caza masiva de esas especies protegidas con el objetivo de mantener mercados pletóricos de pieles, marfil, &c. Se trata de una hipócrita doble dominación imperialista depredadora sobre un territorio soberano, que sólo puede mitigarse si el Estado en cuyo territorio se desarrolla un ecosistema concreto impide la depredación sobre el mismo.
 
Así pues, si Izquierda Hispánica puede considerarse en cierta medida como una organización política que se preocupa también por el cuidado del medio ambiente, de las especies animales, &c., es siempre desde la perspectiva política de la dialéctica de clases y la dialéctica de Estados. Sin ser una organización unívocamente ecologista como pueda serlo Greenpeace, Izquierda Hispánica sí se posiciona totalmente en contra de la explotación extranjera de las reservas naturales de un país a nivel de dialéctica de Estados, pero también a nivel de dialéctica de clases; es decir, a nivel nacional interno, nos posicionamos en contra del despilfarro que supone la explotación comercial del ecosistema patrio, con vistas a saciar a consumidores ávidos de la plétora de bienes, cuyos hábitos de consumo exigen en primer lugar rapiñar la vida no humana de nuestro territorio. Y consideramos, además, que la protección y el buen trato de la vida no humana, animal, de nuestros ecosistemas es una buena manera de proteger y tratar bien nuestra propia vida, habida cuenta de la interacción que desde siempre ha habido entre nosotros y los animales.
 
2) Bases filosóficas de nuestro ecologismo.
 
Evidentemente, estas consideraciones políticas y económico-políticas no flotan en el aire, ni pueden tomarse en frío. Están basadas en una sólida teoría bioética, la materialista. El elemento principal de la bioética materialista es el sujeto operatorio, tratando “su autodeterminación operatoria en el ámbito de un grupo definido”. Los seres humanos vivientes en sociedades políticas, y previamente en sociedades humanas, han logrado (auto)determinarse mediante sus operaciones en contextos concretos que han permitido delimitar el ámbito en que su libertad-para (actuar) se ha definido. La protección de los sujetos operatorios humanos, de su vida y de su integridad física (entra aquí también la integridad psicológica) es el pilar fundamental de la bioética materialista. Luego la libertad-para de los seres humanos se ha definido por su capacidad para operar, para desarrollar tecnologías, para trabajar. Vemos además aquí una relación evidente entre nuestra bioética y la teoría del valor-trabajo marxista, que considera que el trabajo (las operaciones humanas realizadas a través de instituciones concretas) es la esencia del hombre.
 
Los hombres y mujeres organizados en sociedades políticas desarrolladas, y a través de instituciones, han de operar en un entorno a veces hostil, a veces benigno. Han de estar capacitados para encarar catástrofes naturales y permitir que tras ellas la sociedad política de referencia siga siendo recurrente, pueda permanecer en el tiempo. En esa recurrencia entra el cuidado del medio ambiente de cada territorio basal, hay que reconocer una acción grupal colectiva y colectivista, pero llevada a cabo organizadamente por individualidades corpóreas concretas. El reconocimiento de individualidades corpóreas concretas es una regla bioética materialista que ha de conjugarse con el mantenimiento íntegro del grupo social, una relación a veces también conflictiva entre ética y moral, pues algunas individualidades pueden poner en peligro, siendo criminales horrendos, al grupo social de referencia, quedando la moral en este caso por encima de la ética . Dar un valor a las especies animales y al ecosistema depende de la moral y la política de las que se partan, pues los valores (utilidades) que se pueden dar a los animales o a un río son subjetivos, nunca objetivos, pues no son medibles mediante máquinas como si de un coste de producción se tratase. Pero el valor que se puede dar a los animales desde una bioética materialista jamás puede ser un valor antiecologista en sentido genérico (luego hablaremos de los ecologismos en plural), ni destructivo para con ellos. Antes bien, a nivel grupal, los individuos se relacionarían entre sí y con los animales según varias reglas y principios relacionales.
 
En lo que concierne a las relaciones de los individuos con otros individuos primaría el principio de grupalidad, según el cual los individuos, además de relacionarse con otros de su grupo social, se relacionan con individuos de otros grupos sociales finitos como el suyo; por consiguiente, hablamos aquí de relaciones entre grupos sociales. Hay una clara co-determinación entre individuos, entre individuo y grupo social y entre grupos sociales. Y las relaciones entre todos ellos han de permitir, sobre todo, la conservación del grupo social propio, por lo que las relaciones con otros grupos pueden ser polémicas y conflictivas en ocasiones (guerras, conflictos diplomáticos, presiones varias), pero también amistosas y pacíficas (comercio, intercambio institucional de todo tipo, &c.). En lo que concierne a las relaciones entre los individuos con las partes formales suyas y de otros individuos, primaría la consideración de las partes formales de estos individuos como posibles partes formales de otros individuos, lo que conlleva la defensa de acciones de una generosidad incuestionable como la donación de sangre u órganos o tejidos de todo tipo, y teniendo en cuenta la tecnología médica de cada época histórica.
 
Y en lo que concierne a las relaciones de los individuos con otras partes no humanas de la biosfera, consideramos primordial un “principio antrópico bioético”, que tiene como base la “ley de incompatibilidad” constitutiva de las partes de una biocenosis (la biosfera). Por motivos bioéticos, subordinamos la biosfera a la vida humana, no cayendo así en ecologismos biocéntricos que siguen una bioética de subordinación del hombre a la biosfera. Pero la subordinación de la biosfera a la vida humana no supone, en absoluto, la modificación o depredación de la biosfera, algo que rechazamos y combatimos. Ya hemos señalado que las sociedades políticas cuentan con instituciones concretas para cuidar esta biosfera, y sólo contemplamos su modificación en la medida en que ello sea necesario para la vida humana. Esta modificación se ha producido siempre, desde el nacimiento de la agricultura, y en ella cabe desde el cuidado del ganado, hasta la clonación de especies, pasando, sin duda alguna, por la conservación y protección de ecosistemas concretos. No en vano, la operacionalidad institucional de los hombres organizados en sociedades permite ver que la implantación de una Ley de conservación de la biosfera, y la conservación efectiva de la misma mediante cuerpos organizados de personas, es ya una modificación del entorno natural. Una modificación que permite, además, preservarlo de la depredación y de la barbarie. La protección de especies en peligro de extinción, bien por obra del hombre o por obra de la evolución, supone ya una modificación del entorno natural.
 
Este último principio se pone en relación con una regla operacional básica de la bioética materialista: el “principio de maleficencia”. Los anteriores se ponen en relación con otros principios (el de autodeterminación, que promueve la fortaleza de los individuos, y por tanto la firmeza y la generosidad entre ellos; el de la reproducción conservadora, es decir, la reproducción de individuos humanos a partir de otros individuos humanos y el rechazo a cualquier modificación genética de individuos humanos que conlleve su modificación no canónica, monstruosa, por medio de la clonación o a través de vías perversas que atenten contra la vida humana, caso, por ejemplo, de la modificación genética de seres humanos mediantel la exposición al consumo de alimentos adulterados, a la contaminación nuclear del aire o del agua; consideramos esto un crimen horrendo, pues supone condenar a los individuos expuestos a estas terribles condiciones a una vida de sufrimientos físicos y psicológicos que no pueden calificarse sino como crueles; otro principio es el de propiciación del desarrollo de grupos humanos, en tanto estos también forman parte de la biosfera, no entrando esto en contradicción con la guerra, pues la condenación o no de la misma, la oposición o apoyo a un bando en una guerra concreta, no obedece a principios éticos o bioéticos, sino políticos, ocurriendo que en ocasiones el apoyo a un bando en una guerra conlleva la conservación de más grupos humanos que de haberse optado por otro bando, como fue el caso del apoyo en la Segunda Guerra Mundial al bando aliado soviético-liberal frente al nazifascista.
 
Pues bien, el principio de maleficencia se basa en que, en la medida en que la idea del mal puede relacionarse a seres vivientes no humanos, una bioética materialista tiene que tener como principio fundamental, referida a las vidas animal y vegetal, el principio de maleficencia, en la medida en que estas formas de vida han de ser protegidas, potenciadas y utilizadas en beneficio de la vida humana, pero siempre fundándose, como no puede ser de otra manera, en la unidad de la biosfera. El principio de maleficencia comporta necesariamente tres principios propios del mismo:
 
a)                  La preservación de la vida humana conlleva el consumo o “sacrificio” de vida animal y vegetal sólo en la medida necesaria para la alimentación de los individuos y grupos humanos, y en la medida en que ello supone la cura, mediante el descubrimiento y explotación de medicinas, de esos mismos individuos humanos. Por lo tanto, la depredación de la vida animal y vegetal más allá de esto supone, no ya un despilfarro económico, sino también una aberración desde la perspectiva bioética materialista, entrando en esta aberración tanto la caza deportiva, como las peleas entre animales por dinero como, también inclusive, espectáculos como las corridas de toros; otra cuestión es la forma en que se combate contra las corridas de toros en España, por desgracia relacionándose esta lucha con ideologías políticas de corte hispanófobo y neofeudalista-secesionista, algo que no compete tratar ahora en este artículo, pero sí dejarlo señalado.
b)                  La manipulación de animales y vegetales para utilizar partes formales suyas transplantables tiene también el límite de la depredación. Pongamos por caso el transplante de corazón o de válvulas cardíacas de cerdo en humanos. La bioética materialista no vería ello reprobable, pero sí vería reprobable la mutilación de animales y vegetales para fines degradantes tanto para los humanos como para la propia existencia animal o vegetal.
c)                  La vivisección o la experimentación con gérmenes infecciosos en animales es, evidentemente, polémica (también lo es, y para nosotros en mayor grado, lo mismo realizado sobre humanos: pensemos en el caso histórico de las atrocidades del ejército japonés con el Escuadrón 731), y en ocasiones se realizan experimentos innecesarios. Aquí la norma y el límite es el mismo que para los puntos a) y b).
 
En definitiva, los sacrificios, la depredación y los experimentos inútiles e innecesarios son los límites del principio de maleficencia en la bioética materialista. La regla general sería, por tanto, el buen trato hacia animales y vegetales. Esta norma fenoménica no disimula el principio fundamental de la bioética materialista, pero sí sirve de base para una llamada “ética animal”. Por lo tanto, el ecologismo de Izquierda Hispánica puede basarse en la idea de que la vida humana es prioritaria sobre la vida animal y vegetal, pero teniendo en cuenta que esta misma vida humana es parte de la biosfera en que también la vida animal y la vegetal se desarrollan. Por tanto, la protección y conservación de la biosfera y de las vidas animal y vegetal supone, al tiempo, la protección y conservación de la vida humana, y las relaciones polémicas en la biosfera no impiden denunciar, perseguir y lamentar actividades crueles y depredadoras llevadas a cabo sobre animales y vegetales, no encaminadas además a nuestra propia preservación.
 
3) El ecologismo, en sentido unívoco, no existe. Hay varios ecologismos, y enfrentados entre sí. Es necesaria la toma de partido por uno de ellos.
 
Este posicionamiento bioético de Izquierda Hispánica supone un posicionamiento ecologista frente a otros ecologismos, pues consideramos que, al igual que la “izquierda”, la “derecha”, la “felicidad” o el “socialismo” (o el “feminismo”, al que nos referiremos en próximos artículos), el “ecologismo”, en sentido unívoco, es un mito, oscuro y confuso. No hay un ecologismo único, sino varios, y enfrentados entre sí, pues tienen como fundamento ideológico o filosófico cada uno de ellos diversas corrientes de pensamiento. No pueden ser en absoluto compatibles el ecologismo de inspiración materialista que el ecologismo de inspiración idealista o metafísica. Los ecologismos idealistas o metafísicos, irracionalistas, encubren en muchos casos de mala fe a ideologías irracionalistas peligrosas (new age, nazifascismo, animalismo extremo, cultos religiosos de toda índole que tratan de ganar seguidores con un gancho ecologista, &c.). Estos tipos de ecologismos deben ser combatidos, y sólo pueden serlo en su propio terreno: el de la defensa de la preservación de la biosfera, pero con argumentos más sólidos que los suyos, y mediante instituciones organizadas más efectivas. No podemos sino combatir ecologismos que pongan a la vida humana como subordinada a la vida animal o vegetal, como no podemos sino combatir ecologismos que vean a los animales y vegetales como “nuestros amigos”, pues ello no es racional. Tampoco podemos dejar de combatir formas de ecologismo relacionadas con ideologías que pongan en peligro o amenacen la integridad de nuestras sociedades políticas iberomericanas, tales como un ecologismo yanki imperialista depredador (que encubre las ansias de dominio territorial del “patio trasero”) o un ecologismo religioso o espiritualista (de tipo panteísta o no) que piense que la Tierra es un regalo de “dios” o un “ente pensante” (la teoría de Gaia) que provoca maremotos o terremotos para castigar la “maldad de los hombres”. Tampoco podemos sino combatir ecologismos primitivistas como el de Zerzán, o de signo indigenista; el primero, porque resulta incluso antisocialista por su rechazo a la civilización y a la lucha política por, desde el presente, desarrollar alternativas socioeconómicas encaminadas a un futuro, mediato o no, que partan de un momento histórico concreto; y el segundo porque, al igual que el ecologismo nacionalista étnico (que también combatimos), persigue dar privilegios a grupos humanos concretos frente a otros amparándose en derechos históricos falsos que “la naturaleza” les ha dado.
 
Todo esto significa que el mito del ecologismo unívoco está relacionado con otro mito denunciado por el materialismo filosófico: el mito de la Naturaleza. Izquierda Hispánica combate el mito de la Cultura, contrapuesto al de la Naturaleza, pues aquél surge de una secularización del mito de la Gracia cristiana, tomando la Cultura como una creación del espíritu opuesto a la Naturaleza, llegando incluso algunos a identificar la Cultura con la “izquierda” y la Naturaleza con la “derecha”. Esto es ridículo, tan ridículo como identificar la defensa de la conservación de la biosfera con la “derecha” o con la “izquierda”. Pero ni la Naturaleza está subordinada a la Cultura, ni la Cultura está subordinada a la Naturaleza. Es más, la oposición entre ambas es falsa.
 
Es un error tanto exaltar la idea de Cultura como devaluar en sentido general los contenidos de tal idea. Como dice Gustavo Bueno:
 
Muchos contenidos del «Reino de la Cultura», por ejemplo, contenidos de la cultura extrasomática, como puedan serlo las grandes construcciones arquitectónicas, son tan admirables (ni más admirables, si se quiere, pero tampoco menos) como puedan serlo las construcciones extrasomáticas de los insectos, tales como los panales de las abejas o los laberintos de las hormigas, a quien nadie se atrevería a devaluar. Cuanto a la «música clásica», que Zerzan se ve también obligado a devaluar, en cuanto contenido indiscutible de la civilización, subrayando primero que la música, como todo arte, debe su existencia a la división del trabajo (el «mal radical») y, en segundo lugar, a las relaciones con ciertas estructuras de dominación que la Sociología de la música (desde Spengler hasta John Wolf) acostumbra a subrayar, tendríamos que decir que esa devaluación sólo tiene algún sentido cuando va dirigida contra aquellas concepciones místicas de la música según las cuales la música es una «revelación de lo alto» («creo en Dios, en Mozart y en Beethoven»). Pero la música sustantiva, aún reducida, frente a las pretensiones de un Ansermet («el quebrantamiento de la relación entre tónica y dominante equivale a la muerte de Dios»), a la condición de una obra de la cultura humana, no queda «devaluada» porque en ella estén actuando las estructuras de la dominación o de la jerarquía o, según Schenker (a quien Zerzan cita) cuando se constata «el tono dominante deseando imponerse sobre sus prójimos». ¿Acaso cabe devaluar por estos motivos a los panales de las abejas, cuya estructura implica la jerarquía y la dominación? Las estructuras de la dominación, o las estructuras jerárquicas en general, son tan reales en el ámbito de la «Cultura» como en el ámbito de la «Naturaleza», y lo que se dirime en ellas no es tanto la supresión de estas estructuras cuanto el enfrentamiento a otras estructuras de dominación o de jerarquía, pongamos por caso las estructuras de Schömberg contra las de Bach (que tenderán a ser consideradas como meros casos particulares de aquéllas).
 
La exaltación actual de la idea de Cultura lleva, en algunos casos, al etnocentrismo, en otros al relativismo cultural, y en otros al pluralismo cultural. Nosotros negamos a estos tres, pues creemos que hay varias instituciones culturales actuando en el Mundo en sentido polémico y dialéctico, pero todas ellas se relacionan en el sentido de que derivan, en mayor o menor grado, de una misma civilización: la grecolatina. El relativismo cultural en ocasiones se mezcla con el etnocentrismo y el pluralismo cultural en el mundo actual, pues la tolerancia y defensa de instituciones culturales bárbaras como el nikhab, el burka o la ablación de clítoris en el mundo capitalista actual, supone la defensa de bienes que satisfacen el consumo individual en el mercado pletórico, así como de reservas indígenas que dan grandes dividendos turísticos (como antaño se defendían por motivos profesionales, para que los antropólogos pudiesen trabajar). Estas mezclas de varias ideas de Cultura, todas míticas, se relacionan también con ideas míticas de la Naturaleza en algunos ecologismos que más arriba hemos denunciado como irracionales y metafísicos.
 
En definitiva, el mito de la Naturaleza se definiría como el:
 
“[...] suponer que la Naturaleza (la «Madre Naturaleza») no fuera otra cosa sino «la naturaleza de las naturalezas» (complexio omnium sustantiarum), es decir, según algunos, un sistema cerrado sometido al segundo principio de la Termodinámica. Nuestro sistema económico globalizado (globalizado y por tanto «ecologista») sería sólo un subsistema abierto dentro del sistema cerrado de la Naturaleza, y, por tanto, en cuanto sistema abierto, sería reversible, dentro de una Naturaleza irreversible; un sistema reversible dentro de ciertos intervalos del tiempo, siempre que se observen los acuerdos de Kioto y la ecuación de Ehrlich, que iguala el impacto sobre la Tierra al producto del consumo, de la tecnología y de la población. Pero el «Reino de la Naturaleza» es en realidad una multitud de naturalezas enfrentadas entre sí, en la «lucha por la vida», del mismo modo a como el «Reino de la Cultura» se descompone en una multitud de esferas e instituciones culturales; por lo que tanto la salvación o la condenación de la «Naturaleza» como la salvación o la condenación de la «Cultura» no habría por qué entenderlas como salvación o condenación de «Reinos», sino a lo sumo, como salvación o condenación de determinadas naturalezas, o de determinadas instituciones culturales frente a otras, y sin que haya posibilidad siquiera de establecer una línea divisoria radical entre los valores (o contravalores) dados en la Naturaleza y los valores o contravalores dados en la Cultura, porque ambos tipos de valores o contravalores forman todos ellos parte de la Realidad material.
 

Por lo tanto, entendemos que el gran fallo de los ecologismos no racionalistas y no materialistas es el suponer que la Naturaleza es algo unívoco que engloba a la Cultura, y que hay que preservar por ser irreversible.

No se puede hablar de la Naturaleza en singular, sino de las naturalezas en plural, en sentido plurívoco, y por tanto de ecosistemas interconectados, pero no todos con todos, ya que  incluso entran en conflicto en ocasiones y no pocas por vía del hombre, como cuando los ingleses llevaron el conejo a Australia o los españoles las ratas al Caribe. Esto no exime a los Estados y a sus instituciones de no proteger "la Naturaleza". Más bien todo lo contrario: los Estados y las instituciones pertinentes deben ser capaces de proteger, conservar y mantener las distintas naturalezas existentes, con el fin de, tanto no interferir en sentido depredador sobre ellas, como no experimentar imprudentemente mezclando unas naturalezas con otras, teniendo ello consecuencias imprevisibles y devastadoras para determinados ecosistemas. Desde Izquierda Hispánica consideramos que sólo un ecologismo basado en estos principios puede ser razonable, sin negar su mejora y su profundización y definición futura más certera, siempre frente a otros ecologismos, inseparables de ideologías irracionalistas y metafísicas. Por lo tanto, nuestra postura ante el ecologismo no puede ser ni frente ni contra él, pues él, como tal, unívocamente, no existe. Pero sí podemos definir un ecologismo frente a otros ecologismos, teniendo como referente al Estado como institución principal capaz de proteger las naturalezas, y siempre teniendo en cuenta que es imposible un ecologismo a secas, sin aditivos ideológicos y filosóficos externos.
 
Salud, Revolución, Hispanidad y Socialismo.

 

 

 

Referencias:

Principios y reglas generales de la bioética materialista.

La nostalgia de la barbarie, como antiglobalización: antílogo al libro de John Zerzan, "Malestar en el tiempo".