Hacia la séptima generación de izquierda

Los problemas presupuestarios tienen mucha más fuerza que las consideraciones patrióticas

Por: Juán Vega.


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Santiago Javier Armesilla Conde es un agitador del concepto de izquierda hispánica, o “izquierda de séptima generación”, en la nomenclatura lanzada por Gustavo Bueno para etiquetar la evolución de las ideas de esa atribulada corriente ideológica, en un análisis materialista de su curso histórico.
 
Armesilla lanza en Facebook un debate oportuno y oportunista, en este momento en el que tantas pasiones están estallando, como consecuencia retardada de la aprobación por las Cortes Generales de la Ley Orgánica 6/2006, de 19 de julio, de reforma del Estatuto de Autonomía de Cataluña, ratificada en referéndum por el cuerpo electoral censado en la hoy nación catalana -tras la entrada en vigor de ese estatuto-, y sancionada por la Jefatura del Estado, magistratura que ocupa el Rey de España, Juan Carlos I.
 
Cuelga Armesilla en su página un cartel de la Guerra Civil Española, en el que se comprueba una vez más la militancia españolista de buena parte de los combatientes republicanos, y lo comenta de esta manera:
Cartel del bando republicano en la Guerra Civil española. Los republicanos eran auténticos patriotas, no como sus autodenominados sucesores de hoy en su mayoría. Vergüenza de herencia de tales luchadores, los segundorrepublicanos en la Guerra Civil que, a pesar de errores cometidos, se sentían herederos de las Cortes de Cádiz. Esa es la verdadera tradición de la izquierda revolucionaria española, y no la basura proetarra de hoy día.
Plantea Armesilla en su núcleo más duro, el problema de la izquierda española actual, que a fuerza de no querer ser española, ha dejado de ser internacionalista, y por lo tanto izquierda, para formar parte de la corriente nacionalista, irracionalista y xenófoba, que estalla en sus insostenibles contradicciones, intentando unir el agua del internacionalismo, con el aceite del nacionalismo, para dar lugar al nacimiento de monstruos como el entorno etarra, hijos de la locura que produce el intento de ser a la vez una cosa y su contraria.
 
Esta chifladura generalizada que embarga a la izquierda española. Esta galopante esquizofrenia que conduce a sus dirigentes a la más pura y dura bipolaridad, hace ya mucho que se extendió al socialoportunismo rojiverde de Gaspar Llamazares, y a la perversidad aliciaca -también en términos de Bueno- que define a José Luis Rodríguez Zapatero, el asombroso personaje que ha sido capaz de otorgar a Cataluña el estatus de nación confederada con el resto de naciones y nacionalidades hispánicas, al abrir un melón de reformas estatutarias que ya nunca se podrá cerrar -so pena de ir a un nuevo enfrentamiento civil-, en el camino hacia el objetivo fijado por el sistema vasco de cupo, para aquellas comunidades en las que una actividad económica suficiente les pueda asegurar la autofinanciación de su propio modelo político.
Después de Cataluña vendrán Madrid y Valencia, que también pretenderán el cupo, y este debate se abrirá en un contexto de quiebra de los servicios públicos, cuya defensa, paradójicamente, forma parte del discurso más querido de la sedicente izquierda que los está destruyendo a velocidad de vértigo.
 
Y ahí viene la acotación que hago al comentario de Armesilla, y que me parece muy pertinente: ¿por qué en vez de hablar tanto de patrias, no empezamos a hablar de dinero? La ciudadanía de lo que queda de España, cree que el Estado es un manantial inagotable del que brotan butacas para los políticos, bisturís para los cirujanos, pensiones para los jubilados, subsidios para los parados y fondos ilimitados para la construcción de puertos, autovías, aeropuertos y demás, sin pararse a pensar que igual que estalló la burbuja inmobiliaria, detrás de ella, va la burbuja presupuestaria, pues ambas están íntimamente relacionadas.